Una semana para dejar a un lado esa indolencia tan de nuestro tiempo.

Metidos en materia (y en casa), qué mejor oportunidad de dedicarnos a cuidar-nos y a cuidar el lugar en el que vivimos y que, en tantas ocasiones, queda desatendido por nuestros ritmos y cansancios, y también por ese modo en el que todos terminamos encasquillando algunos trabajos cotidianos a ciertas personas…

Esta semana es para mirarnos a nosotros mismos y descubrir qué debemos arreglar en nuestra vida, qué tuercas hay que apretar, qué zonas personales debemos atender mejor, qué cegueras sufrimos y ya casi ni nos damos cuenta de las mismas. Una semana para apreciar, como pocas veces hacemos, el valor de poder ver, de poder contemplar la vida y el mundo que se nos han regalado y se nos regalan cada jornada.

Una semana para pasar por el “taller” y quizás celebrar el sacramento de la reconciliación con tranquilidad, sabiéndonos amados en nuestras cegueras y destinatarios de mucha misericordia a pesar de nuestro modo de leer, apreciar y juzgar lo que sucede en nosotros y en la vida de cuantos nos rodean.

Una semana para darnos cuenta de que sólo cuando nos quedamos “ciegos” (la ceguera es una manera de hablar), aunque sea temporalmente, entonces nosotros somos capaces de ponernos en lugar de un ciego y pensar en ellos desde otra perspectiva; solo cuando nos duele algo nos parece que es el peor de los dolores… una semana cargada de oportunidades para detectar qué nos duele y qué le duele a los que viven con nosotros y a los que nos rodean.