Una semana preciosa para degustar la Palabra de Dios.

Y sin haberlo preparado así, resulta que la tercera semana de Cuaresma nos invita a degustar, a examinar de qué tenemos sed, qué sacia nuestra hambre… 

Ahora que hemos dejado los supermercados tiritando, con todas sus estanterías vacías como si del fin del mundo se tratara, ahora tenemos todo el tiempo del mundo para cocinar juntos, para compartir recetas, para liarda parda con los peques en la cocina… ¡quién nos lo impide! 

Aunque también tenemos una semana (o muchas) para poder descubrir de qué tenemos sed. Y si es el Señor a quien acudimos cuando sentimos que estamos sedientos. 

Es una semana para darnos cuenta de que aun teniéndolo todo no tenemos nada si la vida no acompaña, si la salud no está de nuestra parte, si los nuestros no pueden ni abrazarnos, ni acariciarnos, ni besarnos. 

Esta tercera semana es una buena oportunidad para descubrir de qué estamos saciados, qué lastre debemos quitarnos de encima (de nuestros armarios, de nuestras habitaciones, de nuestras zonas comunes) y qué sed, como aquella mujer samaritana, habita en lo más profundo de nosotros mismos. 

El Señor puede saciar nuestra sed. Pidámosle que lo haga. Que nos ayude a reconocernos sedientos de algo más.